



Mi mujer duerme al lado de los niños. En la tele, dos naves se acoplan en medio de una galaxia con dos soles naranjas. Parece una cópula lenta, cuidadosa. A Jorge, el vecino, lo mataron los extorsionadores. A nosotros nos llamaron diciendo que vendrían hoy por el dinero. Tocan a la puerta. Son los hijos de puta. Me recuesto contra la madera y reparo en mi apartamento inundado por una luz adormecida que mal ilumina las fotografías de mis dos hijos. Tomo un respiro. Abro la puerta y desenfundo el arma. Al final, todos somos polvo de estrellas.
Julio Roberto Barrios
Soy feliz
Exhaustos se dejaron caer sobre las sábanas. Permanecieron un rato en silencio. “¿Qué vas a hacer hoy?”, preguntó él, mirando al cielo raso. “Lo de siempre”, respondió ella, “llevar a la niña al ballet, pasar por el supermercado, servirle la cena a mi marido”. “¿Has pensado en divorciarte?”, inquirió él. “No”, contestó ella, “soy feliz”.
Arturo Monterroso




Cuando concebí “Pintoresco” como exposición del Centro Cultural de España para Foto>30 me di cuenta de las implicaciones de mostrar pintura en el marco de un festival de foto. Pensé que era un “riesgo” previsible —así, entre comillas— en función de un gremio que tiene buenas y justas razones para ser celoso de su arte y su técnica. Así que desde el principio esperaba que hubiera comentarios, interrogantes, aprobaciones y desaprobaciones, lo cual, después de los comentarios verbales que surgieron, unas veces en voz baja y otras en voz ALTA, se produjo por escrito públicamente en el Azar cultural//fotografía (Edición especial no.3, septiembre 2009), en particular me refiero al comentario en la columna del editor de dicha publicación titulada “Juez y parte”.
Ahora bien, para hablar de la relación entre pintura y fotografía no tendría mucho sentido excluir a la primera. Pero esto, que es una de las varias explicaciones obvias (o “justificaciones innecesarias”, si se quiere) es además una discusión que, precisamente por obvia y elemental, es ajena a mis intereses intelectuales y laborales vigentes. En cambio, me parece más productivo abordar un tema que, ése sí, ocupa mi atención desde hace algún tiempo: la técnica artística, sus problemas y sus consecuencias.
Parece que el oficio, la técnica como conjunto de protocolos (y subrayo la palabra protocolos) sigue siendo, en muchos ámbitos, la referencia clave de la producción artística y para muchos es un crimen cuestionarla, alterarla y desafiarla. En otras palabras, persiste aquí una idea de la separación o divorcio técnico entre las artes, vinculado a una concepción decimonónica de la práctica artística. Recordemos que las vanguardias del siglo XX, empezando por el Dadaísmo, se encargaron de socavar poco a poco los pilares de aquella separación ingenua que hoy se antoja próxima a la ortodoxia, o cuando menos a la incoherencia conceptual, la arbitrariedad y la falta de imaginación. Es desde entonces que la cuestión técnica —no como falta de oficio ni de herramientas técnicas para concretar una idea, sino como elemento “exclusivo” de juicio en el arte— va perdiendo relevancia y autoridad, a favor de lecturas y registros más abiertos, unos centrados en el discurso del creador, otros en la fruición activa, etc. Tanto es así que hoy más que nunca la reducción y subordinación de la creación y producción artística a los espacios técnicos se antoja limitante y represiva, y en un mundo y una época que ofrece tantas posibilidades esto es una verdadera lástima, una pérdida del tiempo. Una última afirmación sobre esto: a partir del Conceptualismo, la técnica pierde importancia, a veces hasta casos extremos como el del anglo-alemán Tino Sehgal, en cuyo trabajo la técnica está completamente ausente. Y aún así, figúrese usted, es hermoso, asombra e interroga con eficacia estética a la vida...
Pero, ¿no es la misma práctica artística un sujeto del arte?, ¿acaso no es importante reflexionar sobre el cómo están hechas las cosas en un medio en el que la forma es (sobre) determinante?. Y por otra parte, ¿cómo superar el momento actual, como “progresar”, incluso “técnicamente”, si no nos atrevemos, por lo menos, a desafiar o por lo menos a aproximarnos a las fronteras?
En una era en la que la atención se desplazó del universo de las formas propiamente dichas al de las ideas, es importante reflexionar incesantemente sobre la relación entre ambas. El asunto de si una obra se enmarca en un ámbito o en otro me parece poco relevante, y menos aún el afán inútil de definir los límites entre una cosa y la otra, sobre todo cuando se apela por principio a la “no-pertinencia per se”, y no a los motivos de su impertinencia.
Lo adecuado de una obra, me parece, está en su significado y su contexto. En las relaciones que se generan entre las obras (de una muestra en este caso), en los diálogos, en sus posibilidades de enriquecerse mutuamente y complementarse. Si algo es pintura o es fotografía sólo es relevante en función del “mensaje”, y el hecho de incluir una en el espacio de otra (un espacio, además, del todo arbitrario) podría sólo contribuir a la afirmación de la una y de la otra, y de sus relaciones. Además, ¿acaso no es la relación con la pintura parte de —la historia de— la fotografía? Como sugerí en el texto introductorio de la exposición, la fotografía le debe a la pintura muchos de sus enunciados, tantos técnicos como conceptuales, y no revisar estos aspectos en una festival como Foto>30 me sabía, sin más, a una carencia “técnica”.
Por otro lado, la hibridación de las formas, las técnicas y la práctica artística en su conjunto tampoco es algo nuevo (repito: híbrido no significa mal hecho, en función de una u otra categoría, sino superar las categorías, darse a lo nuevo o desconocido). La época presente se caracteriza por lo mestizo, el encuentro, la fusión, lo contaminado, y esto nos ha enseñado que las formas más adecuadas —eficaces, pertinentes— son las que “traducen” mejor la idea que tenemos, no las fórmulas prescritas, las recetas. Yo creo que, precisamente, es en los territorios menos definidos, la ambigüedad, las fronteras, los márgenes, donde radica el mayor potencial creador, la mayor riqueza, el espacio para el asombro y el descubrimiento. Está claro que el de la técnica es un espacio seguro, certero, sin riesgos, en el que sabemos que hay y prevemos fácilmente los resultados. Pero el problema no está en la técnica, sino en su culto desmedido, en su ubicación como referencia absoluta, omnipresente, subordinadora. Y es probable que la historia, incluida la del arte, esté hecha de exitosos fracasos que nos han empujado hacia delante, un poco cada vez más allá de lo previsible...
Emiliano Valdés, curador.

La intimidad trasciende ese laberinto de nuestra habitación
Por Luis Alejos
Cuando analizo el concepto de esta fotografía de Andrea Aragón, pienso en el miedo como mecanismo de defensa: los modelos (cuya identidad no logramos apreciar, debido al encuadre que omite sus ojos) aparecen con un fondo hechizo, en un posible estudio. El territorio en el que se desenvuelven estos varones, sus cuerpos semi-desnudos y con proporciones delicadas no les pertenece a simple vista.
De igual forma, su vínculo no es objeto de escrutinio, desaprobación o juicio, pues no se convierte en un acto público. Desconozco si, entonces, hayan salido del closet. Ellos quieren sentirse a salvo:
“I'm taking a ride
with my best friend
i hope he never lets me down again
promises me i'm as safe as houses
as long as i remember who's wearing the trousers
i hope he never lets me down again
Never let me down
See the stars they're shining bright
everything's alright tonight”
El amor no completamente manifiesto, sugerido entre amantes varones, resulta uno de los elementos presentes en la ópera prima del poeta guatemalteco Luis Pedro Villagrán: “El niño que buscaba venganza”. El sexo de los amantes se adivina tan sólo por la sutileza de los pronombres elegidos:
“El niño que buscaba venganza se viste, y se pone el mejor bóxer, para que se lo quiten. Para que le recuerde y le extrañe. El niño que buscaba venganza se prepara para hacer el amor con él: por media, o por última vez”.
Los versos de Villagrán hacen referencia a un encuentro íntimo, quizás final, entre un amante muy joven, barely legal (o ilegalmente seductor y seducido), y otro mayor:
“El niño piensa que lo mejor es irse. Pero la plática aún empieza. (Cuando estaba con vos, me pajeaba viendo porno. Ahora que no estás conmigo, me echo la paja pensando en vos, le dice al niño). 70% bien, dice el niño que se siente. 70%. 65%. 30%. ¿Qué dijo el niño? ¿El niño, sí, el que buscaba venganza? El niño ha hablado. Ha dicho lo que siente. Sin pena, sin gloria, únicamente como antes, cuando estaban juntos, se siente en libertad de compartir lo que siente, hace y piensa. Y a él no le gusta”.
El mundo de ellos no pareciera necesitar una validación de terceras partes, su homosexualidad no le incumbe a nadie.
“Let's go outside
In the sunshine
I know you want to, but you can't say yes
Let's go outside
In the moonshine
Take me to the places that i love best”
Y si hablamos de discriminación, ese machete listo para ser desenvainado cuando menos lo esperamos, reconocemos o al menos comprendemos la decisión de mantener en secreto ciertas pulsiones lésbicas, gays, o de estilo de vida alternativo. Partiendo de mi experiencia como editor literario, a la de periodista, en febrero de este año el Diario La Hora publicó un artículo escrito por mí: “Soy Harvey Milk, y vine a reclutar”. Un día antes de la ceremonia de los Óscar, donde el largometraje sobre el primer funcionario abiertamente gay electo en Estados Unidos se llevó varias preseas, la nota se publicó en el suplemento cultural del diario vespertino, así como en su sitio web.
Los comentarios homofóbicos no eran algo impredecible, pero siempre decepcionante; Oto Ovando fue el primero en opinar: “Este tipo [asumo que se refiere a mí] se ve que es un gay rematado, por supuesto que no queremos ver a los homosexuales salirse del closet en Guatemala, Dios los hizo hombre y mujer, por opiniones como esa es que estamos como estamos”. El resto de los comentarios clonan el fundamentalismo que rige nuestra sociedad excluyente. Por fortuna, André Gribble, ilustrador y diseñador gráfico, logró articular coherencia en el espacio de los comentarios de mi artículo: “Me pregunto si existe algún estudio científico acerca de las causa de la homofobia. ¿Será genética, una elección, una enfermedad?, ¿existe una cura? Discriminación, odio, ignorancia. Entre otras cosas, es por ESO, que estamos como estamos”.
Retomando el tema de la fotografía de Andrea, asignada a mí, entiendo la elección segura de encuadrar a dos modelos anónimos, en un ambiente casi estéril. Sin embargo, parte de mí hubiera querido verlos en un contexto público, logrando tomar parte en actividades que muchos de nosotros —los heterosexuales— a veces damos por sentado: un beso francés, estrechar nuestras manos sin necesidad de levantar cejas o temer por nuestras vidas. Sin embargo, hay demasiados cerotes allá afuera, y resulta más cómodo escuchar a Depeche Mode o a George Michael, en la comodidad de nuestro cuarto, donde los únicos posibles agresores seremos nosotros mismos.

No te faltará jamás la leche
Por Maurice Echeverría
Conmigo no te faltará jamás la leche.
Estamos perfectamente a salvo aquí guardadas,
en una de las cien clavículas de la noche.
Afuera las patrullas cantan, es cierto,
pero nosotros ya somos las quemadas,
y ya podemos de esta torre tirarnos.
Los frustrados del universo
buscan echarnos el aceite magro de su vergüenza,
pero yo soy fuerte, y tú eres fuerte,
y los búfalos se pulverizan contra tu nuevo labio,
y se hacen polvo los relojes,
y con las uñas rascamos sin pudor el asma,
y yo soy tuya,
y tuyo junio enredado en tu pelo,
y tú eres mía, históricamente me perteneces,
pues yo te he dado y te daré tu momento más sagrado,
pues nadie sino yo sabe abrir las puertas de tus vínculos,
ni buscarte entre las sábanas bronceadas.
Yo he dejado de nadar en la larga responsabilidad de los ríos,
para corregir mi humedad en tu piedra,
y te fui a buscar a un riñón oscuro
y te di sentido y por eso te lo debo todo.
Así que calma.
Deja que sudor y rocío
se averigüen con paciencia.
No es fácil morder y no es difícil.
Ejecutaré los pájaros,
contra la poca pared de tu pecho.
Pero antes deja que asimile tus patios.
En la palabra lluvia no hay más que caricias.